Panorama Griego tuvo la oportunidad de entrevistar a Iván Andrés-Alba, Profesor Ayudante Doctor en la Universidad de Murcia, donde enseña principalmente lingüística griega y griego moderno. Desde 2023, es profesor honorario (PDI-Honorario) en la Universidad Autónoma de Madrid, donde ha impartido seminarios de griego antiguo como lengua hablada. Su investigación se centra en la lingüística (cognitiva) y la semántica del griego, en especial en el cambio lingüístico y el léxico anatómico.
¿Por qué eligió estudiar el léxico del cuerpo humano en la lengua griega para su tesis doctoral?
Ya años antes de empezar mi doctorado, cuando estaba cursando mi Máster de Lingüística Indoeuropea en Alemania, había hecho un estudio sobre el léxico para las partes del cuerpo en distintas lenguas antiguas y modernas. Mi pregunta inicial era la siguiente: ¿por qué las palabras para referirnos a las partes del cuerpo cambian, si nuestro cuerpo es el mismo? Es decir, es comprensible que las palabras que se refieren —por ejemplo— a la ropa o a las comidas cambien, pues estas realidades también varían con el paso del tiempo. Sin embargo, nuestro cuerpo no ha cambiado, y, en contraste, mientras que algunas palabras tampoco lo han hecho, otras sí. Por poner un ejemplo: un griego del siglo v a. C. llamaría a su boca stóma y a su nariz rhís, mientras que hoy seguimos llamando a la primera stóma, pero la segunda se denomina míti. ¿Qué ha pasado? ¿Qué diferencia unas partes de otras? ¿Por qué, en suma, ocurren estos cambios? Todas estas preguntas son las que me indujeron a adentrarme en este estudio.
¿Qué fue lo que más le sorprendió al investigar cómo los antiguos griegos nombraban las partes del cuerpo?
Quizás la ingente cantidad de terminología que empleaban. Si uno piensa en su cuerpo y se pregunta cuántas partes tiene, posiblemente responda un número no especialmente alto: manos, pies, cabeza, ojos, rodillas, hombros, dientes… ¿treinta, cuarenta partes? Pues solo en la Ilíada y la Odisea de Homero encontramos hasta noventa términos anatómicos distintos mencionados en más de dos mil ocasiones a lo largo de todo el texto —y eso solo para las partes del cuerpo externas—. ¿Parecen muchas? Pues en total he recopilado unos quinientos términos referidos a las partes visibles del cuerpo en la literatura griega antigua.
Naturalmente, esta elevadísima frecuencia tiene cierta «trampa», y es que un número muy sustancial de estas palabras son tecnicismos propios de la lengua médica —muchos de ellos, por cierto, seguimos empleándolos hoy en día en las lenguas europeas—. Es decir, que haya cientos de palabras distintas no quiere decir que el hablante de a pie las emplease o siquiera las conociese —¿o es que todos nosotros sabemos situar nuestro metacarpo o nuestro trago?—. La dificultad de trabajar con la lengua griega es que incluye palabras de un registro estándar con otras técnicas, poéticas o incluso vulgares, según el tipo de texto que leamos.
¿Ha tenido contacto directo con universidades o investigadores en Grecia durante su trabajo?
Sí. Como parte de mi formación doctoral realicé una estancia de investigación en la Universidad Aristotélica de Tesalónica durante tres meses, allá por 2021. Fue un periodo bastante productivo en el que me dediqué básicamente a ir recopilando cada uno de los términos anatómicos analizados. También tengo contacto con investigadores de la Universidad de Atenas. De hecho, recientemente tuvimos unas jorandas científicas en Delfos dedicadas al griego y otras lenguas antiguas.
¿En qué se diferencia, según usted, la forma griega de hablar del cuerpo respecto a otras lenguas antiguas?
Como mencioné antes, una característica del léxico anatómico griego es la abundancia de designaciones; de maneras de llamar a una parte del cuerpo y a sus múltiples subdivisiones. ¿A qué se debe esto? Pues, en parte, a la abundante atestiguación que tenemos de la lengua griega antigua —la cantidad de textos conservados—, y, naturalmente, a la gran variedad de tipos de textos. Tenemos poemas amorosos, novelas, libros de historia, diálogos filosóficos, etc., pero también —muy importante— muchos tratados médicos, destacando la obra del médico Hipócrates de Cos y sus discípulos, la de Rufo de Éfeso o la del propio Galeno.
Como los antiguos médicos griegos necesitaban una gran precisión a la hora de plasmar por escrito sus tratados, se vieron obligados a dotar de nombre a múltiples partes y zonas del cuerpo que para el hablante cotidiano pasarían desapercibidas. Para ello se servían de metáforas originales, como por ejemplo falange (en griego phálanx), que significa simplemente «rama, tronco» (¿acaso no son como pequeñas ramas nuestros dedos?), o de otros procesos morfológicos: si gastér es el vientre (de ahí nuestra gastritis) e hypó indica ‘debajo’, entonces el hypogástrion es, sencillamente, la «zona baja del vientre».
Pues bien, los romanos, cuando entraron en contacto con Grecia, se encontraron con una ciencia médica ya muy desarrollada —los médicos griegos eran muy reputados en Roma—. Parte de la terminología griega fue adoptada por la lengua médica latina e, incluso, por la lengua estándar, desde donde posteriormente pasaría a las lenguas romances, descendientes del latín. Sin ir más lejos, nuestra palabra brazo (como también el francés bras o el italiano braccio) provienen del latín bracchium, tomado a su vez del griego antiguo brakhíon.
¿Qué importancia cree que tiene hoy estudiar el griego antiguo en España y en Europa?
El estudio del griego antiguo —y del latín— es crucial para cualquier ciudadano, pues nos abre las puertas a la base cultural de nuestra civilización; nos permite conocer desde dentro los cimientos de lo que somos como pueblo. Prescindiendo de estas lenguas nos estamos vetando el acceso a la cultura y al pensamiento sobre los que se asienta nuestro mundo.
Pero no solo eso: como lingüista puedo decir también que el aprendizaje del griego antiguo supone una gran ventaja a la hora de aprender idiomas modernos, pues muchas de las características de esta lengua también están presentes en otras. Y, por supuesto, el griego antiguo nos ayuda a ampliar exponencialmente nuestro vocabulario técnico —no hay más que abrir un manual de anatomía en cualquier lengua europea—.
¿Qué otros temas relacionados con Grecia o con la lengua griega está investigado o planea investigar?
Actualmente estoy preparando la publicación de un libro en el que recopilo los principales hallazgos de mi tesis doctoral. No obstante, de cara al futuro, me gustaría indagar en las palabras para las partes internas del cuerpo en la lengua griega, un tema que no traté en la tesis porque, en esencia, ¡hubiera sido necesario realizar otra tesis entera!
No obstante, además de la investigación, dedico buena parte de mi tiempo a la enseñanza del griego antiguo y moderno, que es mi gran pasión. Mis estudiantes saben que cuando en algún texto se menciona alguna parte del cuerpo no me voy a resistir a contarles el origen de esa palabra o a explicarles por qué ha cambiado.
¿Qué relación personal o emocional tiene con Grecia después de tantos años de estudio de su lengua y su cultura?
Visité Grecia por primera vez en 2008, cuando tenía 14 años. ¡Cómo iba a imaginarme en aquel entonces que acabaría dedicando mi vida a ese país y su lengua! Hoy Grecia ya es para mí una parte más de «mi país»: no siento que cruce ninguna frontera cuando voy de Murcia —donde trabajo— a Atenas; me siento tan «en casa» en Alicante —donde vivo actualmente— como en mi querida isla de Egina. Hablo griego a diario y tengo prácticamente más amigos griegos o helenófonos que españoles: una de mis mejores amigas es ucraniana. ¿Nuestra lengua de comunicación? El griego. Creo que eso lo dice todo.
La entrevista fue concedida a Christos Peppas.