Este año se cumplen 45 años desde aquel 17 de noviembre de 1973, cuando los estudiantes se levantaron contra la Junta Militar de los coroneles que gobernaba el país desde 1967. Fue la más importante protesta popular contra la dictatura militar que se apoderó del país durante siete años (1967-1974). El 15 de noviembre de 1973, miles de estudiantes ocuparon la Escuela Politécnica transmitiendo a la población su mensaje de resistencia contra la Junta de los coroneles mediante la legendaria estación radiofónica que los estudiantes mismos habían puesto en marcha.

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Con motivo del aniversario de la protesta de 17 de noviembre de 1973, se les presenta un fragmento de la obra “Helenidad” (en griego: “Ρωμιοσύνη”) del poeta Yannis Ritsos (1909-1990) de su recopilación Poemas [Ποιήματα] 1930 - 1960, en versión de Francisco Torres Córdova, ensayista, poeta y traductor mexicano.

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Helenidad

Estos árboles no se conforman con menos cielo,
estas piedras no se conforman bajo los pasos extranjeros,
estos rostros no se conforman más que al sol,
estos corazones sólo se conforman con la justicia.

Este paisaje es duro como el silencio,
aprieta en su pecho sus piedras encendidas,
aprieta en la luz sus huérfanos olivos y viñedos,
aprieta los dientes. No hay agua. Solamente luz.
El camino se pierde en la luz y es plomiza la sombra de la cerca.

Se han petrificado los árboles, los ríos y las voces en la cal del sol.
La raíz tropieza con el mármol. Los lentiscos polvorientos.
El mulo y la roca. Jadean. No hay agua.
Todos tienen sed. Hace años. Todos mastican su amargura con un bocado de cielo.

Sus ojos están rojos por el desvelo,
una profunda línea encajada entre las cejas
como un ciprés entre dos montañas al anochecer.

Su mano está adherida al fusil,
el fusil es la extensión de su mano,
su mano es la extensión de su alma–
sobre sus labios llevan la ira
y llevan la pena muy honda en los ojos
como una estrella en un hoyo de sal.

Cuando aprietan la mano el sol está seguro del mundo,
cuando sonríen una golondrina pequeña sale de su áspera barba,
cuando duermen doce estrellas caen de sus bolsillos vacíos,
cuando mueren la vida toma la pendiente con tambores y banderas.

Hace años que todos tienen hambre, que tienen sed, que mueren
sitiados por tierra y mar;
el calor ardiente consumió sus campos y la salmuera roció sus casas,
el viento derribó las puertas y las pocas lilas de la plaza,
por los agujeros de sus abrigos entra y sale la muerte,
su lengua es acre como la nuez de ciprés;
murieron sus perros envueltos en su sombra;
en sus huesos la lluvia golpea.

Arriba en las garitas, inmóviles fuman el estiércol y la noche
y vigilan el mar enfurecido donde se hundió
el mástil roto de la luna.

Se agotó el pan, se agotaron las balas,
ahora sólo con su corazón cargan los cañones.

Tantos años sitiados por tierra y mar,
todos tienen hambre, todos mueren, pero no ha muerto nadie–
arriba en las garitas brillan sus ojos,
una bandera grande, un fuego grande y muy rojo
y cada amanecer miles de palomas salen de sus manos
a las cuatro puertas del horizonte.

Texto: D.P

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