El poema de esta semana es un fragmento de la epopeya monumental de 33.333 versos, de La Odisea de Nikos Kazantzakis (1883 - 1957), una de las figuras más grandes de las letras neogriegas [La Odisea, PIRSOS, Atenas, 1938 - Οδύσσεια, ΠΥΡΣΟΣ, Αθήνα, 1938].

kazantzakis first edition

Es el fragmento del canto XXII, versos 606-652 de la obra, traducida al español por el gran helenista, y Director del Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Miguel Castillo Didier, [La Odisea en la Odisea, estudiosy ensayos sobrela Odiseade Kazantzakis, Centro de Estudios Griegos, 2006].

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Según Miguel Catillo Didier: “.... este bello pasaje, en donde vibra un hondo sentimiento de amor y piedad filial. Acaso por esto, han desaparecido las tan abundantes imágenes y símiles del poema kazantzakiano. Sólo una imagen y un símil hallamos aquí. El cuerpo, ya pesado, de la madre recibe la alegre nueva que le da el hijo ―igual que recibe nuestra madre tierra la llovizna ligera. Y la imagen de Caronte en la forma de un pulpo, cuyos tentáculos van atrapando poco a poco los miembros de la moribunda, se añade a las múltiples figuras que adopta la muerte en el poema”.

Por años de años a su madre no la había visto más

/ mientras dormía,

dijérase que la tierra abrió su boca e íntegra la devoró;

y no volvió a aparecer su santa sonrisa melancólica

a conmover dulcemente el sueño de su hijo amado;

y eso era una pena secreta en las entrañas del arquero.

Y esa noche con ella soñó –como si estuviera allá

-en el palacio venerando de su padre, y arriba fulguraban

/ las estrellas,

y su madre, pálida como la cera, agonizaba en el lecho.

Y Odiseo, de hinojos, la mano muy blanca sosteníale

y percibía cómo su sangre morosa se detenía poco a poco

y la dulce tibieza velada de la vida se iba apagando.

Toda la noche acariciaba sus cabellos sudorosos, albísimos;

ya sus ojos se volvieron vidrio, profundamente hundidos.

Pálido, doblado, la besaba y los labios le temblaban.

―No tengas miedo, madre mía; sólo un sueño estás viendo

/ y volverás a despertar,

para que llames en el patio a tus criadas, a las nodrizas que se vistan,

y el viejo quehacer diario de la casa recomience.

Te diré, madre, el secreto, que tu corazón se alegre.

Ayer por la noche tu nuera despertó atemorizada,

un gran golpe sintió de improviso en su vientre con fruto;

¡y dentro de poco tomarás en tus manos al nieto!

Hablaba el hijo así, e impasible la madre dulcemente recibía

en todo su cuerpo, ya pesado, la nueva regocijante,

igual que recibe nuestra madre tierra la llovizna ligera.

Y el hijo, para no cortar con el silencio la hebra de la felicidad,

agachado, sus ojos besa y continúa hablándole:

―Madre, ya se acerca la mañana, y el gallo va a cantar,

y el mal-sueño que te ha afectado se

desvanecerá;

y en la mañana, cuando te levantes bien y se despeje la cabeza,

risueña a todos nos llamarás y nos darás su explicación:

matrimonio es en los sueños la muerte, bueno sea y bendecido;

sólo que la vi muy a lo vivo y mi corazón sufrió;

¡pero aquí está mi buen hijo que siempre me consolaba!

¿Me escuchas, madre mía? ¡Sonríe y mueve tus ojos!

La noche entera clamaba el hijo y luchando sostenía en sus brazos

con manos invisibles a la madre para que no parta;

pero el gran octópodo,

Caronte, la arrastraba de los pies,

que ya se helaban, y se extendía, mudo, subiendo sus tentáculos

en sus viejas y delgadas piernas, las rodillas, la cintura;

y el hijo infeliz, impotente y doblado, iba siguiendo su ascenso

hasta que tocara el tibio corazón y la madre expirara.

Toda la noche retenía a la mujer entre sus brazos,

y al amanecer abrió los ojos; sus entrañas se habían petrificado

y no podía levantar las manos, como si todavía sostuvieran,

apretado, el pesado e invisible cadáver de la madre.

Lentamente se arrastró, juntó ramas, enciende una fogata

y enfrente de ella tendió su cuerpo endurecido y azuloso.

Texto: D.P.

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